Viajes con Charley, John Steinbeck

2220228848_27acbcc49b_oCualquiera que tenga un mínimo de fascinación por los Estados Unidos de Norteamérica va a disfrutar esta lectura. Llega un momento en la vida de Steinbeck en que se da cuenta de que lleva años escribiendo sobre sus compatriotas pero no está seguro de poder decir que les conoce tan bien como llegó a creer. Así que decide comprar una autocaravana, equiparla, instalar a su bulldog francés de copiloto, despedirse de su mujer y tirar millas. Se plantea hacer un recorrido circular de costa este a costa oeste. Evita las grandes ciudades y las autopistas porque se ha vuelto un hombre de campo que se siente inseguro en unas y otras. Va encontrando recursos sencillos para atraer a la gente que se va encontrando y evitar así la sensación de soledad. No quiere hablar con personalidades ni viaja para ir visitando a sus amigos; se trata más de pararse con las camareras, los mecánicos, los autoestopistas y los compañeros de acampada. Lo hace en 1960, fecha que cito porque explica tres de los temas que yo recuerdo, un par de meses después de leer el libro, que aparecían recurrentemente: la sociedad industrial, los suburbios y el consumismo; los problemas raciales en el sur del país; y la amenaza distante del comunismo. Si además de lo expuesto, al leerlo te encuentras que Steinbeck, ese machote de mediana edad inquieto, aficionado al café y a cualquier licor potente, inevitablemente culto pero campechano a la vez, te cae bien, pues ya lo tienes. El libro empieza así:

Cuando yo era muy joven y sentía dentro ese ansia de estar en otro sitio, las personas mayores me asegurabanque al hacerme mayor se me curaría este prurito. Cuando los años me calificaron de mayor, el remedio prescrito fue la edad madura. En la edad madura estaba ya seguro de que con unos años más se aliviaría mi fiebre y ahora, con cincuenta y ocho, de que tal vez la senilidad lo con siguiese. Nada ha funcionado. Cuatro ásperos pitidos de la sirena de un barco aún me erizan el pelo de la nuca y ponen mis pies en movimiento. El sonido de un reactor, un motor calentándose, hasta el toc-toc en el pavimento de unos cascos herrados producen el viejo estremecimien to, la boca seca y la mirada perdida, las palmas ardientes y una agitación del estómago bajo la caja torácica. En otras palabras, no mejoro; en otras palabras más, el que ha sido vagabundo alguna vez, lo será siempre. Me temo que la enfermedad es incurable. Expongo esto no para instruir a
otros, sino para informarme yo.

http://www.nordicalibros.com/ficha.php?id=275

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