Imperio, Ryszard Kapuscinski

En el pequeño tablero que nos separa de los de enfrente, mi compañera de oficina, que es polaca, tiene pegada una especie de postal con una cita de Ryszard Kapuscinski, polaco también, que dice así:

Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante.

Yo hace unos años leí otro libro del autor: Ébano. Me dejó impactado, me pareció trepidante y me fascinó la personalidad del autor, periodista y corresponsal aventurero que viajaba a países depauperados en medio de conflictos bélicos que ya no recuerdo. Eso es así: del libro solo retengo esas impresiones de la lectura, porque toda la acción se desarrolla en países de África que prácticamente no sabía dónde estaban gobernados por dictaduras que ni sabía de dónde venían ni sé en qué habrán deparado.

Cuando empecé El Imperio intenté ponerme en mejor situación: me imprimí un mapa de Asia Central y lo llevé plegado entre las páginas del libro. Llegué a esta otra crónica impulsado, creo, por el buen sabor de boca de El fantasma de Harlot, sobre cuya trama de espionaje en la guerra fría siempre planea otro fantasma: el de la U. R. S. S. De alguna manera tenía interés por completar la visión mítico-literaria de la U. R. S. S. espía, perversa y de cabeza cuadrada. El Imperio reposaba en la estantería del salón desde hacía varios meses. Fue lo único potable que conseguí rescatar de un desafortunado trueque de libros que hicimos en un café-librería donde entregamos unos cuantos libros decentes usados a cambio de este y otro título que no recuerdo ya. Cuando hace unas semanas eché un vistazo a la cubierta y vi que el Imperio al que se refería era el ruso, el zarista, pero también el bolchevique y creo incluso que el perestroiko, me lancé a él: era el momento oportuno.

Y me ha parecido profundamente interesante. Es otro tipo de lectura, menos intensa y vertiginosa, pero a mí me ha abierto la puerta a países que me resultan atractivos por desconocidos, pero que están pegados a Europa. Ahora sé que Armenia es un paraíso de la naturaleza con un arte bibliográfico inigualado en el mundo. Que en Georgia hay una iconografía religiosa única y que la capital de Azerbayán (ya no recuerdo el nombre) ofrece un mosaico de todos los estilos arquitectónicos del siglo XX, fruto de las fortunas que se han hecho con el petróleo. Pero también, entre otras muchas cosas, he visitado minas perdidas en el fondo de la gélida Siberia, he conocido a supervivientes de los campos de trabajo estalinistas, he recorrido los herméticos pasillos del Kremlin, he comprendido cómo se pudieron secar las aguas de ríos kilométricos como el Amu Darya y Sirdarya, he leído costernado el relato de las hambrunas de Ucrania y he llegado a la Perestroika y la disolución de la U. R. S. S. Así que ha sido un viaje bien entretenido. Kapuscinski hace que lo sea, no solo porque se mete en la boca del lobo sino porque pesca las historias guiado por su curiosidad y porque tiene bastante facilidad para caerle bien a un tipo como yo.

A Kapuscinski le apasionaba la historia de los países en proceso de descolonizació. En el capítulo final del libro, cuando reflexiona sobre la independencia de Ucrania y Bielorrusia se larga un párrafo que podría integrarse en una historia de España y nadie se daría cuenta:

En efecto, en el mundo contemporáneo observamos el creciente fenómeno de revoluciones de terciopelo, de revoluciones no sangrientas, o, como las definió Isaac Deutscher, inacabadas.

Su principal característica consiste en lo siguiente: si bien las fuerzas viejas se marchan, no lo hacen del todo, y la batalla entre lo nuevo y lo viejo se ve acompañada de diversos procesos de adaptación que se producen a ambos lados de la barricada. Reina el principio de evitar enfrentamientos salvajes y sanguinarios.

Es curioso que hoy la sangre se derrame allí donde se lanzan al ataque el nacionalismo ciego, el fundamentalismo religioso o el racismo zoológico, que no son sino las tres nubes negras que pueden oscurecer el cielo del siglo XXI. Por el contrario, allí donde se trata del cambio de un régimen político y de las más diversas formas de lucha de clases que lo acompañan, allí el proceso de la transformación transcurre de un modo mucho más suave, precisamente, no sangriento.

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