El antropólogo inocente, Nigel Barley

El antropólogo inocenteEsto es todo menos una novedad editorial. Jorge Herralde lo considera uno de los principales long sellers de Anagrama. A mí me ha llegado en un momento excelente donde me venía bien una lectura ligera y un poco de antropología fácil. En esta crónica Nigel Barley cuenta parte de su experiencia como antropólogo de campo entre los indígenas dowayos de lo que ahora es Camerún. La narración es divertida, porque Barley las pasa canutas, y aprendes cosas sobre los dowayos, pero también sobre cómo un antropólogo profesional se aproxima a una cultura que no conoce. Dado que casi cualquier viajero por países exóticos lleva un pequeño antropólogo prepotente dentro, constatar la simpleza con que razonamos ante lo desconocido es revelador. La última cualidad del libro, en mi opinión, es que Nigel te cae simpático: no hay nada más reconfortante que ver a un inglés desayunando su propia flema. Empieza así:

“¿Y por qué no haces un trabajo de campo?” La cuestión me la planteó un colega al término de un más o menos etílico repaso de la situación de la antropología, la docencia universitaria y la vida académica en general. El repaso no había resultado muy favorable. Habíamos hecho inventario y encontrado la alacena vacía.

Mi caso era bastante corriente. Me había formado en instituciones educativas de prestigio y, empujado más por el azar que por elección propia, había acabado dedicándome a la docencia. La vida universitaria de Inglaterra se basa en toda una serie de supuestos arbitrarios. En primer lugar, se supone que si uno es un buen estudiante, será un buen investigador. Si es buen investigador, será también un buen enseñante. Si es buen enseñante, deseará hacer un trabajo de campo. Ninguna de estas deducciones tiene fundamento. Hay excelentes estudiantes que resultan lastimosos investigadores; extraordinarios eruditos, cuyos nombres aparecen constantemente en las revistas especialiadas, que dan unas clases tan rematadamente aburridas que los alumnos expresan con los pies la opinión que les merecen y se evaporan como el rocío bajo el sol africano. La profesión está llena de abnegados investigadores de campo, con la piel curtida por la exposición a climas tórridos y los dientes permanentemente apretados tras años de tratar con los indígenas, y que tienen poco o nada interesante que decir en términos académicos.

Nosotros, los delicados “nuevos antropólogos”, titulares de doctorados basados en horas de biblioteca, decidimos que la cuestión del trabajo de campo se había sobrevalorado. Naturalmente, el profesorado de más edad que estaba en activo en tiempos del Imperio y “había vivido la antropología como quien dice en caliente”, tenía un profundo interés por mantener el culto al dios del cual eran altos sacerdotes. Ellos sí que habían sufrido los peligros y privaciones de la ciénagas y la jungla, y ningún chiquilicuatre debía escurrir el bulto.

 

 

Anuncios

Un Comentario

  1. Eduardo

    Me adhiero completamente al párrafo donde habla de grandes investigadores y pésimos docentes. Conocí a más de uno en la carrera. Lleva por nombre Juan Luis Arsuaga, fantástico investigador y uno de los maestros más aburridos con quien me haya topado.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: