El fantasma de Harlot, Norman Mailer

norman-mailer-el-fantasma-harlot-portadaNovelón. Hace ahora veintitrés meses que mi cultérrimo primo Luis me la recomendó en este mismo blog. Por qué no haré más caso a los adultos es un asunto pendiente de reflexión. Por casualidad hace dos me tropecé con ella en la estantería de un amigo. Me la llevé y tras una primera hojeada, interrumpí toda otra lectura.

Se trata de una novela de espías. Hablamos de la C. I. A. en los años 50-60, en plena guerra fría con los soviéticos, con frentes intensos en Berlín y Cuba, con rivalidad con el F. B. I., con Kennedy, la mafia, la Monroe y Sinatra. El protagonista se llama Harry Hubbard, un tipo no espectacularmente dotado pero con afán de aventuras. De Mailer había leído Los tipos duros no bailan y me había parecido excelente como novela de detectives, trepidante. Pero El fantasma de Harlot es como pegarse un baño en la piscina que cubre.

Hay varias características de esta novela que me han enganchado. La primera es a lo que creo que se refería Doris Lessing con el componente filosófico: Hubbard reflexiona sobre el ser humano y lo hace en las especiales circunstancias que vive. Lo segundo es que Mailer ofrece una interpretación de lo que fue la C. I. A en aquella época y te instala en un plano de verosimilitud muy morboso. Además, hay más política que acción, los personajes son complejos y lo heroico se disuelve en la rutina cotidiana de la C. I. A. Para deleite del lector entregado, desliza, por lo general para cerrar un capítulo, frases epatantes tipo:

La felicidad era esa resonancia que uno conoce en el corazón cuando los extremos del yo vibran en concordancia en el aire matinal.

Toma ya. Copio un fragmento más extenso de uno de los primeros capítulos a modo de aperitivo. Hubbard ya ha ingresado en la C. I. A. y atiende a uno de los cursos de formación:

Unas dos semanas después del juramento, estaba tan cansado de las reiteraciones de Raymond James Burns en su curso sobre Comunismo Mundial que cometí la equivocación de bostezar en clase.

—¿Lo aburro, Hubbard? —preguntó Ray Jim.

—No, señor.

—Me gustaría que repitiese lo que acabo de decir.

Sentí cómo despertaba en mi interior el genio de mi padre.

—No estoy aburrido, señor Burns —dije—. Lo entiendo. Sé que los comunistas son falsos y traicioneros, y que usan agents provocateurs para intentar subvertir nuestros gremios y que trabajan sin descanso para confundir a la opinión pública mundial. Sé que tienen millones de hombres en sus ejércitos y que están preparados para la dominación del mundo, pero hay algo que me pregunto…

—Dígalo.

—Bien, ¿todos los comunistas son hijos de puta? Quiero decir, ¿ninguno es humano? ¿No habrá alguno, en alguna parte, al que le gusta emborracharse por el mero hecho de divertirse? ¿Siempre deben tener una razón para lo que hacen?

Por el movimiento de la clase me di cuenta de que me habían dejado solo en un país donde yo era el único habitante.

—Usted nos ha dicho —proseguí— que los comunistas condicionan a la gente hasta el punto de que sólo pueden recibir ideas aprobadas. Bien, realmente no creo en lo que estoy a punto de decir ahora, pero en razón del argumento mismo —obviamente, me preparaba para una retirada digna—, ¿no diría usted que nosotros estamos recibiendo algo de la misma naturaleza, aunque en distinto grado y, por supuesto, democrático, ya que puedo hablar libremente sin temor a las represalias?

—Estamos aquí —dijo Ray Jim— para agudizar sus instintos y su facultad de razonamiento crítico. Eso es lo opuesto al lavado de cerebro. Debemos estar preparados para enfrentarnos al razonamiento político engañoso. Debemos dar con él y destruirlo. —Golpeaba la palma de una mano contra el dorso de la otra—. Me gusta su ejemplo —dijo—. Demuestra una facultad crítica. Desarróllela. Estoy dispuesto a aceptar la idea de que aquí y allá hay un comunista capaz de lograr una erección sin la aprobación del Partido, pero le diré algo. Antes de mucho tiempo, debe decidirse. ¿Qué pone primero, su carrera, o su pene?

Se echó a reír, y todos lo imitaron.

—Hubbard —declaró—, puede poner a todos los soviéticos en tres categorías. Los que han estado en un campo de esclavos, los que están ahora en un campo de esclavos, y los que aguardan para ir.

Anuncios

  1. Mi querido primo: obviaré lo de “cultérrimo” para de ese modo poder pasar por alto mi inclusión en la categoría “adultos”, ya sabes, nadie me acusará de hacer un uso interesado de las alusiones ajenas (por cercanas que sean)… Sabía yo que si caía en tus manos ‘El Fantasma de Harlot’ darías buena cuenta de él. Lamento no haber visto tu reseña antes, pero mi vida es ajetreada, tanto que aunque te debo una visita especial desde más o menos las fechas de tu reseña sobre Mailer y Harlot (y no creas que no me avergüenzo en condiciones)… No he podido hacértela. Aún.
    Pero la haré. Un abrazo gigante.

    P.D. Si aún te queda tiempo para leer algo y quieres divertirte (el tema, el tratamiento, la forma y el fondo dan para mucho) te recomiendo la ‘Trilogía Americana’ de James Ellroy, en particular el primer libro, ‘América’. Es volver a los tiempos de Harlot, pero de otro modo… que te va a encantar, seguro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: