A propósito de Abbott, Chris Bachelder

Portada_A propósito de Abbott_Christian BachelderAbbott es un hombre sincero. Consigo mismo al menos. Ante el resto de gente, incluida su mujer, finge todo lo que puede, probablemente, para que no perciban lo mezquino que es. Aunque su mujer seguramente lo sabe. Su mezquindad viene de un conflicto que él mismo expresa con claridad: no cambiaría por nada la vida que tiene, pero no la soporta, y piensa en ello continuamente. Menudo tostón de historia, me dirán. Pero no es una historia.

A mí me ha caído bien Abbott. Le entiendo, no siempre es fácil sentir lo que uno tiene que sentir en cada momento. Está en ese límite de debilidad mental en el que muchos considerarían que no es más que un gilipollas. Otros lo verían como un personaje cómico. Por ejemplo, un crítico de The New Yorker dice en la cubierta del libro que la novela es un retrato mordaz, brillante y divertidísimo de la paternidad. Yo divertido no lo encuentro. Gilipollas sí me ha parecido muchas veces, pero si nos ponemos a juzgar nos quedamos solos.

En lo que sí acierta el crítico es en que trata sobre la paternidad y sí se podría decir que tiene momentos brillantes. Abbott es un profesor universitario que narra lo que le ocurre durante los tres meses de tórrido verano escolar que pasa en alguna ciudad del valle de Pioneer al oeste de Massachusetst con su mujer embarazada de seis meses y su hija pequeña de dos años. Está, en resumidas cuentas, agobiado por la situación, y es plenamente consciente y se hace cargo de ello. En todo lo que va contando no hay ningún merengue ni nada particularmente morboso. Es simplemente que asume lo que hay e intenta vivir con ello. Por eso me ha caído bien.

Un fragmento, que no es ni el mejor ni el peor, pero para no engañar a nadie:

Abbot está en el camino de entrada a la casa, lavando la trona de su hija con una manguera, una esponja y un cubo de agua jabonosa. Los vecinos pasan por delante y dicen madre mía, qué tiempos aquellos. Dicen que ojalá les lavara también el coche cuando termine. Dicen que debería montar una pequeña empresa. Los vecinos se detienen con los perros sujetos por correas y le cuentan anécdotas de fruta podrida y yogures que aparecen debajo de los cojines del asiento, de misteriosas pestilencias, de asquerosos hallazgos. Ah, eso no lo echan de menos. Abbott responde que sí, que las tronas se ponen hechas un asco. Los vecinos añaden que ellos tuvieron arcadas muchas veces, literalmente. Uno no lo entiende, afirman, hasta que tiene hijos. Lo sé, dice Abbott, es horroroso. Una mujer que Abbott cree que se llama Laura le cuenta que su marido está descansando un par de días después de la vasectomía. Abbott cambia el mando de la nueva manguera, pasa de ASPERSOR a CHORRO, y el agua impacta de tal modo en la trona que esta se levanta y queda apoyada en dos ruedas de plástico. Unas uvas pasas resecas salen volando como metralla. Un arcoiris pequeño y personal lanza destellos en la neblina alrededor del nuevo accesorio de la manguera.

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