El año de la liebre, Arto Paasilina

Maquetaci—n 1Durante un tiempo tuve en este blog una reseña de otro libro de Paasilina: La dulce envenenadora. Pero luego la borré. Inicialmente me había causado buena impresión, era ligera, un poco absurda, estaba bien escrita. Sin embargo, cuando la recordaba me parecía que en el fondo tenía poca sustancia y que literariamente no aportaba nada nuevo.

Hace una semanas me topé en la biblioteca con esta otra novela de Paasilina. Estaba aburrido a medio camino de la densa demora de El cuaderno dorado de Lessing y necesitaba un descanso. Así que me la llevé. La historia de un hombre cansado de su trabajo y de su vida en la ciudad que por un incidente fortuito con una liebre en una carretera decide cambiar de vida e internarse en la más remota y agreste Finlandia. Así decía más o menos la sinopsis de la contraportada y así es en efecto y me atrajo, porque lo agreste me atrae. En esa misma contraportada hay varias reseñas que la describen con frases como “obra maestra que pasará a ser parte del imaginario de su generación”, “la epopeya moderna de un Robinson ártico”, “libro de culto en los países nórdicos que ha creado un género nuevo: la novela humorístico-ecológica”.

Como yo ya conocía a Paasilina, sabía que esas reseñas no se iban a aproximar ni de refilón a la realidad. Pero la novela no me ha decepcionado. De hecho, como es evidente, se ha ganado una plaza, temporal supongo, en el blog. A mí no me parece una comedia ni una novela humorística ni una obra maestra ni un libro de culto, sino una novela de aventuras ligera con los componentes que le corresponden: bastante acción, situaciones inesperadas, un cierto exotismo, un protagonista determinado y un estilo fácil pero cuidado. A esto le sumo un pequeño matiz adicional: un vitalismo sutil e inmaduro, que es algo que a mí también me reconforta.

Así que en conjunto, aquí la dejo. El protagonista se llama Vatanen y la novela empieza así:

Los dos hombres que viajaban en el coche parecían angustiados. El sol poniente les hería los ojos a través del parabrisas polvoriento. Era pleno verano, época de San Juan, y el paisaje estival finlandés se deslizaba ante la mirada fatigada de los hombres, paralelo al apartado camino de arena, sin que ninguno de los dos prestase atención a la hermosura de la tarde.

Se trataba de un periodista y de un fotógrafo en viaje de trabajo: dos seres infelices y cínicos. Estaban cerca de la edad madura y las esperanzas que en su juventud habían puesto en el futuro no se habían cumplido satisfactoriamente, ni mucho menos. Ambos eran maridos engañados y desengañados; su vida diaria se construía en torno a sendas úlceras por venir, y a un sinnúmero de otras pequeñas preocupaciones de todo tipo.

Acababan de discutir sobre si debían volver a Helsinki o si era mejor pasar la noche en Heinola. Así que ahora ya no se dirígían la palabra.

Atravesaban malhumorados la belleza de la tarde veraniega, cerrados en sí mismos, tan testarudos que ni siquiera podían darse cuenta de lo desagradable y pesado que resultaba viajar así.

Sobre una pequeña colina, a contraluz, un lebrato ensayaba sus primeros saltos. Embriagado por la estación, se detuvo en medio del camino, en pie sobre sus cuartos traseros. El sol rojizo lo enmarcaba como una postal.

El fotógrafo, que conducía, llegó a ver al animalito en el camino, pero su cerebro entumecido no pudo reaccionar lo suficientemente deprisa como para hacerse a un lado. El zapato polvoriento pisó el freno con fuerza, pero demasiado tarde, y el aterrado animal saltó por los aires delante del coche.

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