Esta novela he tenido que leerla dos veces, la primera como siempre y la segunda para comprobar que había comprendido por dónde había pasado. La estructura de la historia es compleja y está muy elaborada, la anécdota de la narración tiene las posibilidades a las que finalmente llega y Piglia tiene una forma de escribir propia, algo que es infrecuente. La historia se desarrolla en Buenos Aires en una época en que se intuye algún tipo de dictadura de fondo. En esa ciudad hay un periodista que sigue la pista de una máquina que es insólita porque escribe historias por sí misma y, contra toda lógica computacional, historias que son originales, como si la máquina fuera un autor vivo. Empieza así:
“Junior decía que le gustaba vivir en hoteles porque era hijo de ingleses. Cuando decía ingleses pensaba en los viajeros ingleses del siglo XIX, en los comerciantes y contrabandistas que abandonaban a sus familias y a sus conocidos para recorrer los territorios donde todavía no había llegado la revolución industrial. Solitarios y casi invisibles, habían inventado el periodismo moderno porque habían dejado atrás sus historias personales. Vivían en hoteles y escribían sus crónicas y mantenían relaciones sarcásticas con los gobernadores del lugar. Por eso cuando su mujer lo dejó y se fue a vivir con su hija a Barcelona, Junior vendió todo lo que le quedaba en la casa y se dedicó a viajar. Su hija tenía cuatro años, y Junior la extrañaba tanto que soñaba con ella todas las noches. La quería más de lo que había podido imaginar y pensaba que su hija era una versión de sí mismo. Ella era lo que él había sido pero viviendo como una mujer. Para escapar de esa imagen, dio dos veces la vuelta a la República, moviéndose en tren, en autos alquilados, en ómnibus provinciales. Paraba en pensiones, en edificios del Rotary Club, en la casa de los cónsules ingleses, y trataba de mirara todo con los ojos de un viajero del siglo XIX. Cuando la plata de lo que había vendido le empezó a escasear, se volvió a Buenos Aires y fue a buscar trabajo a El Mundo. Consiguió un puesto y aterrizó una tarde en el diario, con su cara de alucinado, y Emilio Renzi lo llevó a recorrer la redacción para que conociera a los otros prisioneros. A los dos meses era el hombre de confianza del director y estaba a cargo de las investigaciones especiales. Cuando se quisieron acorar, él solo controlaba todas las noticias de la máquina.”
