Este libro lo leí hace meses y entonces no lo añadí a este blog, pero su recuerdo me persigue desde entonces y será por algo. Cuando lo empecé deseaba encontrarme una novela sobre la Primera Guerra Mundial, porque estoy cansado de ver pelis sobre la Segunda y la contraportada no especificaba o yo no me di cuenta. En ese sentido me decepcionó, porque de nuevo era sobre la Segunda. Pero la visión que da Némirovsky es distinta porque es la de la gente común, sin héroes particulares ni prácticamente muestras de violencia bélica. De las consecuencias de la guerra sobre personas anónimas de todas las clases, pero la perspectiva de la narración es tan elegante, tan precisa y tan poco melodramática que la hace más inmediata todavía. Cuenta cómo llega la guerra a París y cómo la gente sale de allí a refugiarse donde pueden. Empieza así. Pongo un buen fragmento un poco largo, pero es que me gustan mucho las últimas frases y no quiero mutilar nada:
Caliente, pensaban los parisinos. El aire de primavera. Era la noche en guerra, la alerta. Pero la noche pasaría, la guerra estaba lejos. Los que no dormían, los enfermos encogidos en sus camas, las madres con hijos en el frente, las enamoradas con ojos ajados por las lágrimas, oían el primer jadeo de la sirena. Aún no era más que una honda exhalación, similar al suspiro que sale de un pecho oprimido. En unos instantes, todo el cielo se llenaría de clamores. Llegaban de muy lejos, de los confines del horizonte, sin prisa, se diría. Los que dormían soñaban con el mar que empuja ante sí sus olas y guijarros, con la tormenta que sacude el bosque en marzo, con un rebaño de bueyes que corre pesadamente haciendo temblar la tierra, hasta que al fin el sueño cedía y, abriendo apenas los ojos, murmuraban: «¿Es la alarma?»
Más nerviosas, más vivaces, las mujeres ya estaban en pie. Algunas, tras cerrar ventanas y postigos, volvían a acostarse. El día anterior, lunes 3 de junio, por primera vez desde el comienzo de la guerra habían caído bombas sobre París. Sin embargo, la gente seguía tranquila. Las noticias eran malas, pero no se las creían. Tampoco se habrían creído el anuncio de una victoria. «No entendemos nada», decían. Las madres vestían a los niños a la luz de una linterna, alzando en vilo los pesados y tibios cuerpecillos: «Ven, no tengas miedo, no llores.» Es la alerta. Se apagaban todas las lámparas, pero bajo aquel dorado y transparente cielo de junio se distinguían todas las calles, todas las casas. En cuanto al Sena, parecía concentrar todos los resplandores dispersos y reflejarlos centuplicados, como un espejo de muchas facetas. Las ventanas mal camufladas, los tejados que brillaban en la ligera penumbra, los herrajes de las puertas cuyas aristas relucían débilmente, algunos semáforos que, no se sabía por qué, tardaban más en apagarse… El Sena los captaba y los hacía cabrillear en sus aguas. Desde lo alto debía de parecer un río de leche. Guiaba a los aviones enemigos, opinaban algunos. Otros aseguraban que eso era imposible. En realidad no se sabía nada. «Yo me quedo en la cama -murmuraban voces somnolientas-, no tengo miedo.» «De todas maneras, basta con que nos toque una vez», respondía la gente sensata.

Sobre la Primera Guerra Mundial puedo recomendarte (aunque quizá ya lo hayas leído)’Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis’, de Blasco Ibáñez. Ojo, en la adaptación cinematográfica cometieron la torpeza de trasladar la historia a la Segunda Guerra Mundial, por eso de que los uniformes nazis quedan mejor en pantalla. La novela es una maravilla.