Novela fantástica, humorística y más incorrecta a medida que se pasan páginas. Se desarrolla en Francia en el siglo XVIII, poco después de la Revolución de 1789. El protagonista es un músico que toca el bombardino en una orquesta. Un bombardino es un instrumento que está a medio camino entre una trompeta y un trombón. Su maestría con el bombardino es reconocida y por eso le contratan de vez en cuando para funciones particulares, en este caso concreto, para el funeral de un gran señor. Emprende camino en un carruaje al que se van sumando asistentes al entierro y el viaje al final se convierte en un periplo fantasmal por la región de Bretaña que dura tres años enteros al cabo de los cuales el sochantre regresa a su casa, entre agradecido y perplejo. Cunqueiro escribió esta novela en los años cincuenta, tiempo en que casi todos los escritores estaban centrados en escribir sobre lo cotidiano y en hacerlo desde su compromiso político, y el compromiso de Cunqueiro era otro y su opción fue una literatura de evasión que, con la perspectiva del tiempo, sobrevive como literatura que merece ser leída porque refresca mucho la cabeza. Empieza así:
Aterido se sentía el señor sochantre de Pontivy al levantarse tan temprano, y más todavía en un tiempo como aquel, vestido de cierzos de la Mancha, lluvias frías atlánticas y calladas y heladas nieblas del río Blavet, que impedían que el sol brillase en el mundo. Sin salir de la cama, muy surtida de mantas, calzaba las medias de lana de Vitré, bien teñidas de morado con palo de Sicilia; se ataba al cuello el babero planchado de almidón, arrojaba el gorro de dormir, se acomodaba el solideo, y aclarándose con el rapé matutito, saltaba del lecho estruendosamente, pateando el suelo, gritando en latín, estornudando, llamando a madame Clementina mientras se apretaba las cintas del calzón del delantal y abrochaba el chaleco de botonadura roja, y por si madame no le había oído, se ponía a repicar la campanilla como acólito de Pascua. Y entraba madame Clementina con sus rizadoras de boj puestas, palmeando como en el teatro porque el señor sochantre se había levantado temprano y tan valiente en aquella cruda mañana, y se arrodillaba para abrochar en la canilla los seis botoncitos de plata del calzón del sochantre, y mientras lo hacía, el sochantre apretaba las rizadoras de boj en la cabeza de madame Clementina, pues siempre se le antojaba que estaban algo flojas. Todas las mañanas se repetía esta fiesta.
