Una historia y un libro emocionantes, en un sentido casi digestivo de la palabra. John Carlin es periodista y ha escrito una especie de crónica que se parece mucho a una novela histórica o un ensayo histórico, no sé cómo se clasificaría. Me recuerda un poco al tipo de libros de Ryszard Kapuscinski, lo metería en ese género, si tiene un buen nombre.
Carlin cuenta parte de la historia reciente de Sudáfrica, en torno a una persona y un deporte: Mandela y el rugby. No es que Mandela jugara al rugby ni que fuera aficionado. De hecho no le interesaba lo más mínimo hasta que comprendió que el rugby podría servir para que los negros demostraran a los blancos su disposición a perdonar el apartheid al que les habían sometido durante años. Una idea que parecía fuera de contexto, pero que resultó brillante. El que se ponga a leer este libro puede encontrar un paralelismo con Mandela: da igual que le guste o que entienda de rugby, porque el libro habla de otras cosas que implicó en ese momento el rugby.
Entre ellas habla de Mandela con admiración, de su capacidad política. Y habla con una claridad que me confunde de personas que hicieron o aceptaron cosas terribles durante el apartheid y que sin embargo llevaban dentro la semilla del bien y del cambio que ayudaron a materializar. Y habla de conceder para perdonar, una forma distinta de sentir orgullo y dignidad.
La historia empieza así:
“Se despertó, como siempre, a las 4:30 de la mañana; se levantó, se vistió, dobló su pijama e hizo su cama. Había sido un revolucionario toda su vida y ahora era presidente de un gran país, pero no había nada capaz de hacer que Nelson Mandela rompiera con los rituales establecidos durante sus ventitrés años de prisión.
Ni cuando estaba en casa de otra persona, ni cuando se alojaba en un hotel de lujo, ni siquiera cuando pasaba la noche en el palacio de Buckingham o la Casa Blanca. [...] Las personas encargadas de limpiarle la habitación en todo el mundo se quedaban siempre estupefactas al ver que el dignatario que les visitaba les había hecho la mitad del trabajo. Sobre todo, la señora a la que le tocó limpiar su suite del hotel en el que se alojó durante su visita a Shangai. Le trastornaron las individualistas costumbres de Mandela. Cuando los ayudantes de éste le contaron que la camarera se había quedado molesta, él la invitó a su habitación, le pidió disculpas y le explicó que hacer la cama era como limpiarse los dientes; era algo que no podía evitar hacer.”

Cuando conocí la historia real me sorprendió, y me emocionó saber que podemos conocer nuestras emociones para sobreponernos a ellas superándonos a nosotros mismos. Me gustaría leer el libro. Saludos